Del Valle a la Montaña

Por: José Fernando Ortíz


Un viaje de Armero a Pereira por el Parque Nacional Natural Los Nevados

672 m → 4.149 m
10 de agosto de 2026

EL ASCENSO

De los 672 metros del valle hacia la alta montaña


El viaje comenzó en Armero, a 672 metros sobre el nivel del mar. Desde allí, la carretera empezó a ganar altura lentamente, atravesando el paisaje entre Líbano, Murillo y las montañas que anuncian la entrada al Parque Nacional Natural Los Nevados.

No fue solamente un desplazamiento entre dos lugares. Fue una transformación progresiva del paisaje y del espíritu.

A medida que la carretera ascendía, el aire se hacía más frío y la vegetación cambiaba. Los árboles disminuían y comenzaban a aparecer las formas del páramo y el silencio que invita a la meditación. La montaña adquiría otra dimensión.

La luz de la mañana, limpia y directa, hacía visibles las profundas sombras de las quebradas y las enormes variaciones de la topografía.

EL AGUA

Donde la montaña comienza a convertirse en río


Hay algo particularmente conmovedor en observar cómo el agua aparece en estos lugares. No surge de manera espectacular. Se desliza discretamente entre las rocas, encuentra una pendiente, forma pequeñas corrientes y continúa descendiendo.

Las piedras oscuras, sólidas y profundas reciben el agua y la conducen montaña abajo. En algunos lugares, el movimiento se detiene momentáneamente y aparecen pequeñas lagunas, donde los líquenes y la vegetación adquieren colores inesperados, casi fluorescentes.

Es difícil no pensar que aquí comienza algo mucho más grande: el agua que después habrá de alimentar quebradas, ríos, cultivos, ciudades y territorios enteros.

LA MONTAÑA

La geología como presencia


A medida que se gana altura, la montaña deja de ser paisaje para convertirse en presencia. La escala cambia. Las distancias parecen mayores y las formas geológicas adquieren una dimensión casi irreal. La roca desnuda muestra las huellas de una historia que supera ampliamente la escala humana.

La luz de la mañana y, más tarde, la del mediodía, acentúa las sombras profundas de los accidentes del terreno. Los pliegues, cortes, pendientes y formaciones rocosas aparecen con una nitidez dramática.

Frente a semejante paisaje, se deja de mirar solamente para comenzar a contemplar.

LOS FRAILEJONES

Un bosque silencioso sobre la montaña


Y entonces aparecen ellos. Uno, otro, cientos, miles, millones.

Hasta donde alcanza la mirada, los frailejones ocupan las laderas como una multitud silenciosa que se congrega, erguidos en alabanza y con sus penachos al cielo en señal de adoración. Algunos pequeños, otros enormes, de pie durante años frente al frío, el viento y la intensa luz del sol de estas alturas.


Incontables frailejones acompañaron este recorrido. Su presencia cambia completamente la percepción del paisaje. Ya no se trata solamente de una montaña desnuda: es un ecosistema vivo, delicado y extraordinariamente adaptado a las condiciones extremas del páramo.

LA VIDA

Pequeños encuentros en un paisaje inmenso


En medio de este silencio aparece, de pronto, el movimiento.

Un ave pequeña entre los frailejones. Por un instante, todo cambia.

La presencia de un pájaro recuerda que este paisaje aparentemente inhóspito está lleno de vida. Una vida discreta, adaptada al frío, al viento y a una atmósfera cada vez más delgada.

Son encuentros breves. La montaña no se deja descubrir completamente. Apenas permite entrever algunos de sus habitantes antes de volver a sumergirse en su silencio, muchos de ellos son más rápidos que la cámara que se niega a salir mientras se admira la belleza y tenacidad de sus habitantes.

EL VIENTO

La bruma como un velo sobre la cumbre


El viento soplaba con fuerza. La bruma avanzaba sobre la montaña y, al encontrarse con sus cumbres, parecía estrellarse contra ellas. Por momentos, una nube blanca envolvía parcialmente el relieve, como una enorme ruana transparente que desciende sobre el gigante para acariciarlo.

La imagen cambiaba constantemente. La montaña aparecía y desaparecía con vertiginosa velocidad. El paisaje nunca era exactamente el mismo durante más de unos segundos.

EL GIGANTE

4.149 metros sobre el nivel del mar


CERRO EL SIFÓN

De 672 m a 4.149 m: más de 3.400 metros de diferencia de altura.

El aire es frío. El silencio, profundo. La montaña, inmensa. Frente a ella, la presencia humana vuelve a sentirse pequeña.

CONTEMPLACIÓN

Un viaje hacia el silencio


El paso por el Parque Nacional Natural Los Nevados no fue solamente un recorrido por una carretera de montaña. Fue una experiencia de contemplación.

Un día de luz plena, cielo despejado y aire fresco que se volvía progresivamente más exigente a medida que aumentaba la altura. Un día para mirar. Para escuchar el viento. Para observar el agua buscando su camino entre las rocas. Para detenerse ante la extraordinaria resistencia de los frailejones, para deleitarse con la obra de Dios y ver que solo El puede mover un paisaje que parece eterno.

ARMERO - CERRO EL SIFÓN - PEREIRA

10 de agosto · Una travesía vertical por el corazón de los Andes

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