La Barra es una de las muchas playas que hace parte de uno de los corredores turísticos de Buenaventura en el Pacifico Colombiano, un lugar exótico que pocos colombianos conocen y al que todos deberían venir.

Llegar allí no es fácil, pues vía lancha se debe bordear Bahía Málaga, pasando por el puerto de Juanchaco, luego a Ladrilleros y de allí hasta llegar al sitio más inhóspito, pero increíblemente bello, las playas de La Barra.
Para los que vivimos en el Eje Cafetero esta aventura comienza con la ruta de ida, alrededor de cuatro horas y cuatro peajes son necesarios para llegar hasta el puerto de embarque en Buenaventura, a través de las autopistas del Valle del Cauca, las cuales cuentan con doble calzada y más de 10 túneles con excelente señalización e innumerables puntos de descanso con la más variada gastronomía de este departamento.
En el puerto una de las mejores flotas de lanchas para seguir con nuestro recorrido es Bahía Mar, empresa que cumple con los horarios y todos los requisitos de seguridad para nuestra travesía por el océano Pacífico; la recomendación para llegar a nuestro próximo destino Juanchacho, que está a una hora aproximadamente, es abordar la lancha en horas de la mañana ya que la marea es más tranquila y sin sobresaltos, dónde además estaremos acompañados por pelícanos, gaviotas y varias especies de aves que llenan la inmensidad del cielo al fundirse con el mar.
Esta aventura apenas comienza, al desembarcar en Juanchaco hay dos opciones para continuar, todo depende de la marea y del clima en ese momento, una es seguir en una pequeña canoa con motor hasta el destino y la otra es aumentar la adrenalina, contratando motos que te llevarán por una ruta destapada que pasa por Ladrilleros (otra pequeña población), que hará que por tramos tengas que caminar un poco, para luego subirte nuevamente en la moto hasta llegar a nuestro esperado destino: la majestuosa Playa de la Barra.

Realismo Mágico
Una extensión de tres kilómetros de una inmensa y cálida playa nos hace sentir en otro planeta, sus sonidos, su encanto y su belleza, pero sobre todo, su especial soledad nos permite encontrar ese espacio interno de silencio, al cual a menudo llamamos paz.
Nos recibe Dolores, un negra amable y querendona que con aires de “ma´ grande”, quien nos ubica en nuestro hostal y nos da todas las recomendaciones pertinentes para nuestra primera noche en este mágico lugar.
El Hostal Doña Elisa es el sitio escogido para vivir esta magnífica experiencia, es una cabaña nueva con menos de un año de construida, que brinda todas las comodidades básicas y la tranquilidad necesaria para disfrutar de este encantador paraje, su dueño es Giovany Ramírez, un joven de Medellín, quién debo contarles llegó un 31 diciembre a este lugar porque Buenaventura y sus alrededores estaban llenos y siendo aún el 15 de enero no se quería devolver porque había encontrado el paraíso, el resto es historia.
Entre tanto, Oralia y su cofradía, desde su pintoresca cocina adornada con los implementos típicos del pacifico el fogón de leña y sus encantadores olores. Sólo esperaba el momento indicado para deleitarnos con su sazón costeña y con su alegría extrema, esa que abunda en cada uno de los raizales, desde el más pequeño hasta el más viejo.
Es fácil comprender porque Celia Cruz le cantaba a “las caras lindas de mi gente negra”, no sólo son sus rostros o sus enormes sonrisas, son el encuentro con nuestra ancestral cultura, con nuestras raíces y su simplicidad, es volver a lo básico y encontrarnos con lo natural, con la esencia.
Al siguiente día y después de una merecida noche de descanso al sonido de la selva y de los sonidos de la noche de luna llena, nos embarcamos nuevamente pero esta vez, hacia el interior de la selva y su flora nativa, recorriendo el complejo pero perfecto sistema de canales que tienen nuestros manglares, considerados como uno de los mejores del mundo.
En este maravilloso recorrido hacia las piscinas naturales encontramos diversas especies de aves, cangrejos y diferentes moluscos entre las fuertes y frondosas raíces de los manglares, esto como antesala a lo que veríamos al llegar a las cascadas de agua dulce, que con su fuerza y su constancia han creado unas piscinas naturales, con más de tres metros de profundidad, que permiten el descanso y el goce pleno del agua fresca y limpia que cae de la selva virgen.
Pero el itinerario continúa después de la relajante sumergida. Treinta minutos después de navegar, la etnia indígena Vounan Nonam nos recibe a orillas del rio Bonguito, donde han establecido su resguardo, el cual alberga alrededor de 16 familias que conviven bajo sus estrictas normas y jerarquías, el caserío cuenta con paneles solares y señal celular dotados por el gobierno, además de las condiciones básicas para su supervivencia, aquí recomendamos llevar algo de dinero en efectivo ya que las mujeres de esta etnia son expertas artesanas y elaboran a partir de la iraca y la tinta natural finas piezas de colección, el mejor regalo, un objeto con historia. Su calidez y familiaridad nos sorprendieron dado la lejanía y sus precarias condiciones.
“De regreso al hostal nos espera la cocina de Oralia con todos los frutos que el mar le ofrece para servirle a sus comensales, después de disfrutar de estos manjares, nos disponemos a ver el atardecer de mágicos colores y una puesta de sol que solo quien lo vive lo puede describir, es una oportunidad única para conectarte contigo mismo y con tu creador, en muy pocos lugares he podido hacer esto, y después, para terminar nuestro día, hacemos un recorrido en la noche por la inmensa playa que nos ha dejado el mar en su retirada, bajo la luz de la luna reflejándose en cada uno de los micro universos que deja, como queriéndonos mostrar su alma.”
De regreso a casa sólo queda la sensación increíble de haber tenido un fin de semana espectacular, un tiempo que se mide, no en horas, sino en calidad de vida, que hermoso es nuestro país, que hermosa es nuestra gente, a Giovanni, a Dolores, a Oralia, su esposo Claro, y a todos sus cómplices, mil y mil gracias por otra gran experiencia de vida.

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