Por José Fernando Ballesteros
La cumbre de la OMET mostró que el turismo del vino ya se leía como política territorial y no solo como experiencia de nicho
El enoturismo dejó de ser, hace tiempo, una postal amable entre viñedos para convertirse en una conversación más amplia sobre desarrollo, identidad y competitividad regional. Eso fue, en el fondo, lo que quedó planteado en Beja, Alentejo, donde se inauguró la 3ª Cumbre Global de Enoturismo de la Organización Mundial del Enoturismo, OMET, con representantes de 17 países.
La apertura del encuentro, celebrada entre el 31 de mayo y el 3 de junio de 2026 en esta histórica ciudad del sur de Portugal, reunió a autoridades, líderes del sector turístico y especialistas del vino y el turismo en torno a una agenda que ya no miró únicamente la promoción de bodegas o rutas temáticas, sino el lugar que ocupa esta actividad en la economía de los territorios vitivinícolas, en la conservación de su patrimonio y en la construcción de una narrativa internacional cada vez más sofisticada.
Presidido por José Antonio Vidal, titular de la OMET, el acto inaugural consolidó a la cumbre como uno de los espacios de articulación más visibles del turismo del vino a escala internacional. La presencia de delegados de 17 países confirmó que el interés por este segmento no respondió solo al crecimiento de la demanda, sino a la necesidad de ordenar mejor una actividad que cruza producción, cultura, gastronomía, paisaje, inversión y marca territorial.
Alentejo se proyectó como escenario de una discusión global
La elección de Beja y de la región del Alentejo no fue un detalle menor. En un momento en que muchos destinos buscaron diferenciarse a partir de experiencias más auténticas, de escalas más humanas y de un mayor arraigo territorial, esta zona portuguesa apareció como un caso coherente: tradición vitivinícola, patrimonio, gastronomía, ruralidad y una identidad cultural todavía legible en el paisaje.
Durante la ceremonia participaron, entre otros, Nuno Palma, alcalde de Beja; Li Jun, representante de Yantai, ciudad anfitriona de la cumbre de 2025 en China; Harry Theoharis, viceministro de Asuntos Exteriores de Grecia y exministro de Turismo de ese país; José Manuel Santos, presidente de la Entidad Regional de Turismo del Alentejo; y Pedro Machado, secretario de Estado de Turismo, Comercio y Servicios de Portugal.
Las intervenciones coincidieron en un punto central: el enoturismo se consolidó como una herramienta capaz de activar economías regionales, fortalecer la promoción cultural y crear cadenas de valor más complejas alrededor del vino. Pero también quedó implícito otro asunto menos decorativo: para que ese crecimiento sea sostenible, los territorios necesitan gobernanza, calidad de oferta, articulación público-privada y una lectura cuidadosa de sus propios límites.
Pedro Machado subrayó la creciente relevancia internacional de Portugal en el mapa del turismo enológico y destacó la capacidad del país para articular tradición, innovación y sostenibilidad. José Manuel Santos, por su parte, situó al Alentejo como uno de los referentes europeos de este segmento, apoyado en la calidad de sus bodegas, la fuerza de su cocina regional, su patrimonio y una autenticidad que hoy funciona como activo, pero que también exige protección frente a la estandarización turística.
Más que vino: territorio, relato y economía
Uno de los mensajes más claros de la cumbre fue que el vino, por sí solo, ya no bastaba. Lo que hoy compite en el mercado global no era únicamente una etiqueta ni una visita a bodega, sino la capacidad de un territorio para construir una experiencia completa, culturalmente consistente y económicamente rentable. Ahí radicó la diferencia entre tener viñedos y convertirse en destino.
En esa lógica, la participación de Li Jun también tuvo valor simbólico. Su presencia representó la continuidad del proceso iniciado por Yantai en 2025 y dejó ver la expansión asiática del enoturismo como fenómeno organizado. El respaldo técnico mencionado por la delegación china sugirió, además, que la conversación internacional ya no giró solo alrededor de destinos tradicionales europeos, sino alrededor de nuevas geografías que buscaron elevar estándares, profesionalizar su oferta y ganar posición en una industria más competitiva.
Antes de la inauguración oficial, las delegaciones internacionales participaron durante el fin de semana en actividades culturales y experiencias enoturísticas organizadas por la Entidad Regional de Turismo del Alentejo. Ese componente previo no operó solo como agenda protocolaria: funcionó como demostración de que el relato del vino se sostuvo mejor cuando dialogó con comunidades, patrimonio, cocina local y productores que todavía conservaban vínculo real con el territorio.
La 3ª Cumbre Global de Enoturismo de la OMET continuó con paneles especializados, conferencias, ruedas de negocio y espacios de networking centrados en innovación, sostenibilidad, promoción de destinos y nuevas tendencias. Pero el trasfondo fue más amplio: el turismo del vino pareció entrar en una etapa en la que ya no se midió solo por flujo de visitantes, sino por su capacidad para distribuir valor, reforzar identidad y evitar que la experiencia se vaciara de sentido en nombre de la rentabilidad.
Lo que ocurrió en Beja dejó una señal clara para el sector turístico internacional: el enoturismo pasó de ser un segmento atractivo a convertirse en una forma concreta de leer el territorio. Y en esa lectura, el futuro dependerá menos del encanto del paisaje que de la inteligencia con que cada región sea capaz de convertir su herencia en una experiencia sostenible, competitiva y culturalmente viva.