Por José Fernando Ballesteros
Pereira ha aprendido a narrarse como ciudad estratégica: nodo del Eje Cafetero, puerta de entrada a la montaña, al termalismo cercano y a los corredores de naturaleza. Sin embargo, cuando el turismo se analiza desde la sostenibilidad real —la que se mide en agua, suelo, gobernanza y calidad de vida— el relato comienza a mostrar fisuras profundas.
El problema no es el turismo ni su crecimiento. El problema es la ausencia de un sistema que ordene ese crecimiento. En Pereira, la sostenibilidad todavía funciona más como discurso que como estructura operativa, y esa diferencia es la que termina trasladando los costos al territorio.
Sostenibilidad sin sistema: la primera gran debilidad
La ciudad y el departamento cuentan con diagnósticos, planes y declaraciones de intención. Lo que no existe es una arquitectura de gobernanza turística continua, actualizada y vinculante. Los instrumentos de planeación quedaron rezagados frente a la velocidad con la que cambian los flujos, los modelos de viaje y las presiones ambientales.
Turismo sostenible no es un sello ni una campaña. Es decidir límites, regular actores, controlar informalidad, medir impactos y corregir desviaciones. En Pereira, esa cadena rara vez se completa: se promociona más rápido de lo que se gestiona y se invita más de lo que se prepara.
El agua como atractivo y como frontera invisible
El río Otún y su cuenca alta son el principal soporte ambiental de la ciudad. También son uno de sus grandes atractivos paisajísticos. Esa doble condición convierte al agua en una frontera delicada: cuanto más se promociona la experiencia natural, mayor es la presión sobre el ecosistema.
La sostenibilidad comienza por preguntas básicas que aún no tienen respuesta clara: ¿cómo se gestionan los residuos del turismo en corredores naturales?, ¿qué controles existen en temporadas de alta demanda?, ¿quién mide la huella real de la experiencia turística sobre las fuentes hídricas?
Naturaleza de moda, ecosistemas vulnerables
El auge del turismo de naturaleza ha puesto a Risaralda en el radar de viajeros que buscan experiencias auténticas y paisajes vivos. Pero esa tendencia global tiene una condición incómoda: la naturaleza es el producto más frágil del portafolio turístico.
La crisis climática ya está afectando los ecosistemas andinos y de alta montaña. Senderos erosionados, cambios en caudales, pérdida de biodiversidad y mayor riesgo en temporadas extremas son señales de alerta que no siempre se integran a la planificación turística.
Áreas protegidas: cuando el éxito también desgasta
El Parque Nacional Natural Tatamá representa uno de los mayores patrimonios ecológicos de la región. Precisamente por eso, no puede ser tratado como un escenario de consumo rápido. La presión turística sin control termina debilitando lo que se intenta mostrar.
Operadores informales, rutas improvisadas y ausencia de control de carga son síntomas de un problema mayor: la demanda crece más rápido que la capacidad institucional para regularla. Cuando eso ocurre, la sostenibilidad deja de ser promesa y se convierte en riesgo.
La ciudad también cuenta: sostenibilidad urbana pendiente
El turismo sostenible no termina en la montaña. También se juega en la ciudad: en la movilidad, en el acceso al espacio público, en el tipo de empleo que se genera y en la presión sobre los barrios tradicionales.
Pereira corre el riesgo de una turistificación silenciosa: aquella que no se percibe de inmediato, pero que encarece la vida cotidiana, transforma usos del suelo y desplaza dinámicas locales en nombre de la “renovación”. La sostenibilidad urbana exige anticipación, no reacción.
Lo que Pereira revela sobre el momento del turismo
Pereira no es un destino fallido; es un destino en transición. Y ese es precisamente el punto crítico. El turismo sostenible dejó de ser una opción reputacional y se convirtió en una prueba de madurez institucional.
Los destinos que realmente avanzan no son los que más visitantes reciben, sino los que mejor cuidan sus límites. Pereira aún está a tiempo de pasar del relato al sistema. La pregunta abierta no es cuántos turistas llegan, sino cuántos impactos se evitan y cuántos beneficios permanecen en el territorio.