Por José Fernando Ballesteros
El turismo sostenible no nació para tranquilizar conciencias ni para adornar discursos institucionales. Nació como una advertencia. Una conversación incómoda sobre límites, poder, territorio y responsabilidad. Hoy, cuando el término se repite hasta el desgaste, urge volver a educar: entender qué es realmente, qué no es —aunque así se venda— y por qué incomoda a tantos actores del sector.
Qué es el turismo sostenible (aunque no siempre guste)
En su esencia, el turismo sostenible es una forma de gestión del viaje que reconoce que los destinos no son escenarios sino territorios vivos. Supone tomar decisiones difíciles: limitar flujos, redistribuir beneficios, proteger ecosistemas y aceptar que no todo lugar puede —ni debe— crecer turísticamente sin consecuencias.
Desde las bases teóricas del turismo contemporáneo, Richard Butler advirtió que los destinos siguen un ciclo de vida predecible: exploración, desarrollo, consolidación, saturación y declive. Cuando el turismo ignora los límites físicos, sociales y culturales del territorio, el deterioro deja de ser un riesgo y se convierte en un resultado inevitable.
El turismo sostenible no busca maximizar visitantes ni ingresos en el corto plazo. Busca equilibrio entre economía local, bienestar comunitario y conservación ambiental. Cuando una sola dimensión domina, el modelo deja de ser sostenible, aunque conserve el nombre.
Las conversaciones incómodas que muchos evitan
Hablar de sostenibilidad obliga a poner sobre la mesa temas que incomodan a gobiernos, empresarios y viajeros.
No todos los destinos deben crecer. Algunos necesitan decrecer turísticamente para proteger su tejido social.
El turismo también desplaza. Eleva el precio de la vivienda, transforma barrios y expulsa residentes. La gentrificación turística no es un efecto secundario: es una señal clara de mala gobernanza.
El empleo turístico no siempre es desarrollo. La informalidad, la estacionalidad y la precarización laboral forman parte del impacto real que pocas campañas muestran.
Harold Goodwin ha insistido en que el turismo responsable —base operativa del turismo sostenible— se mide por sus impactos reales en la vida de las personas, no por la narrativa del destino. Cuando las comunidades no participan en las decisiones, no hay sostenibilidad posible.
Lo que NO es turismo sostenible (aunque así se presente)
No todo lo verde es sostenible. No todo lo rural es responsable. Y no toda experiencia comunitaria beneficia a la comunidad.
No es turismo sostenible:
— Cambiar plásticos mientras se multiplican vuelos innecesarios.
— Llamar “eco” a hoteles que consumen agua por encima del promedio local.
— Usar comunidades como escenografía sin participación en decisiones ni beneficios justos.
— Compensar impactos sin reducirlos.
David Weaver distingue entre una sostenibilidad débil —que solo mitiga daños— y una sostenibilidad fuerte o regenerativa, que busca restaurar ecosistemas y fortalecer comunidades. Sin transformación estructural, el turismo sostenible se queda en etiqueta.
Políticas públicas: el eslabón que muchos eluden
El turismo sostenible no puede depender únicamente de la buena voluntad del mercado. Requiere políticas públicas claras, coherentes y valientes.
C. Michael Hall ha señalado que uno de los grandes fracasos del turismo contemporáneo es haber delegado la sostenibilidad a la autorregulación, sin marcos normativos sólidos. Sin planificación territorial, regulación del suelo, control de capacidades de carga y articulación intersectorial, la sostenibilidad se vuelve retórica.
Los destinos que avanzan son aquellos que entienden que gobernar el turismo implica decir “no”, incluso cuando la demanda crece.
Educar para viajar distinto
El turismo sostenible no se impone: se aprende. Exige viajeros informados, empresarios honestos y autoridades capaces de priorizar el bien común sobre el crecimiento inmediato. También medios que dejen de romantizar destinos saturados y empiecen a contar lo que ocurre cuando el turismo desborda.
Tal vez por eso incomoda tanto: porque obliga a elegir entre crecer más o vivir mejor. Y esa decisión, hoy, define el futuro de muchos territorios.
